Rabí Safra tenía una piedra preciosa y quería venderla. Dos mercaderes le ofrecieron cinco monedas. Él pidió diez y la transacción no se realizó.
A solas, sin embargo, el rabí lo prensó mejor y decidió aceptar la ofertal. Los mercaderes, por su parte, pensaron que valía la pena insistir. Volvieron a casa de Safra en el momento en que éste, en silencio, iniciaba sus oraciones, cosa de la que no se dieron cuenta los mercaderes.
– Señor, queremos saber si cambiasteis de idea. ¿Aceptais nuestra oferta?
El rabino no respondió.
– Señor, os ofrecemos dos monedas más. ¿Aceptais?
El rabí siguió en silencio. Entonces, uno de los mercaderes, impaciente exclamó:
– ¡Está bien! Acepto pagar las diez monedas y negocio cerrado. Dadnos la piedra.
En ese momento el rabí termonó con sus plegarias y dijo:
– Señores, no quise interrumpir mis oraciones y por eso no respondí, pero ya había decidido vender la piedra por el precio que me habíais ofrecido. Dadme pues cinco monedas. Más que eso no puedo aceptar.